Mundo ficciónIniciar sesiónNo sé cuánto tiempo ha transcurrido desde que me arrojaron a este agujero. En la penumbra del sótano, los días y las noches se funden en una masa gris de agonía. Mi cuerpo es una carga pesada; la debilidad me provoca oleadas de náuseas y un cansancio que se siente en los huesos. El hambre ya no es un rugido, es un vacío silencioso que me devora por dentro. A ratos, el sueño me vence, pero no es un descanso, es una caída libre hacia el pasado.
Cuando cierro los ojos, el olor a humedad del sótano es reemplazado por el aroma a canela, pino y chocolate caliente. Mi mente, en un mecanismo de defensa desesperado, me arrastra a la Navidad de hace siete años.
Flashback
El salón estaba inundado por el calor de la chimenea. Yo correteaba alrededor del gran árbol, con la emoción desbordándose de mi pecho de ocho años.
—¡Papi, papi! Quiero poner la estrella en la punta —grité, tirando de su manga.
Mi padre soltó una carcajada profunda y me cargó en hombros, elevándome hasta que mis manos rozaron el techo.
—¿También quieres poner al Niño Jesús en el pesebre, Vale? —preguntó él, asegurándose de que yo no perdiera el equilibrio.
—¡Sí! Me va a quedar muy lindo —respondí con la seguridad de quien se sabe amada.
—Hermoso te queda todo, mi vida —dijo mi mamá, acercándose con una caja de adornos—. ¿Ya le pediste tu deseo a la estrella de Navidad?
Me quedé pensativa un momento, acomodando las figuras de cerámica con cuidado extremo.
—Sí. Pedí crecer muy rápido y tener un novio que sea tan bueno como mi papá.
Mi padre casi deja caer una esfera de cristal.
—Oye, ¿por qué mejor no pides otra cosa? —bromeó, fingiendo estar celoso mientras acomodaba las luces—. ¿Qué tal una bicicleta o un castillo de juguete?
—No, papi. Quiero eso. ¿Y tú, mami? ¿Qué pediste?
Mi madre se arrodilló a mi altura. Sus ojos brillaban con una ternura que hoy me quema recordar. De su bolsillo sacó una pequeña joya: una medallita de plata con la forma de una media luna creciente.
—Pedí algo muy especial siguiendo el deseo de tu papá —me mostró la medalla, que atrapaba el reflejo de las luces de colores.
—¿Una medalla? —pregunté, ladeando la cabeza.
—No es solo una joya, hermosa —dijo mi padre, terminando de encender el árbol y sentándose en la alfombra con nosotras—. Yo pedí que siempre, sin importar qué pase, seas feliz. Y que si alguna vez atraviesas momentos malos, recuerdes que aquí estamos nosotros para sostenerte.
—¿Y si estoy lejos y no pueden verme? —pregunté con esa angustia infantil que a veces presagia el futuro.
—Estaremos en tu corazón —susurró mi mamá mientras me pasaba la cadena por el cuello—. Porque esta medallita nos recuerda quién eres tú para nosotros. Tú eres la luz que refleja la luna para guiar nuestro camino. No importa qué tan oscuro o difícil sea el sendero, tú siempre serás nuestra luz.
—Exacto, como la luna —continuó mi padre, abrazándonos a las dos—. Por más fría y oscura que sea la noche, ella siempre regala su resplandor para que no nos perdamos. Pero no lo hace sola; siempre tiene estrellas a su lado que la ayudan. Por eso yo pedí tu felicidad, y tu mamá pidió que fueras una mujer bondadosa, que luches por lo que amas, que seas fuerte y que nunca, nunca te rindas.
—Gracias —dije, escondiendo mi rostro en sus hombros, sintiendo el calor de su abrazo—. ¡Llegaron los invitados! ¡Yo abro!
Fin del Flashback
El sonido de la puerta en mi recuerdo se transforma en el portazo metálico de la realidad. El eco en el sótano me devuelve a la miseria. Nunca imaginé que sus palabras tendrían tanta razón, ni que el "camino oscuro" sería este calvario de cemento y sangre.
Llevo la mano a mi cuello por instinto, buscando la medalla de la luna, pero recordé con un nudo en la garganta que Cielo me la arrebató la primera noche, burlándose de mi "tesoro de hojalata". Me la quitó, pero no pudo quitarme el significado.
"Nunca te rindas", había dicho mi madre.
Me obligo a abrir los ojos. La debilidad es extrema, pero ese destello de memoria ha encendido algo en mi pecho que el látigo de mi tía no pudo apagar. Si soy la luna, entonces debo esperar a que pase el eclipse. Debe haber una estrella allá afuera, alguien que me ayude a encontrar el camino de regreso a la luz, tal como ellos prometieron.
Mientras trato de acomodarme en el colchón sucio, escucho pasos arriba. No son los pasos pesados de los guardias ni el taconear errático de Cielo. Son pasos diferentes, más lentos, casi dubitativos. Por un segundo, el corazón me late con una fuerza que creía perdida.
¿Será esta la luz que mi madre me prometió en la oscuridad?







