Narra Amado
Entré en mi oficina y el aire se sintió pesado de inmediato. Gastón estaba allí, sentado en mi sillón con una arrogancia que me revolvió el estómago.
—¿Qué haces en mi asiento? —pregunté, tratando de mantener la compostura.
—Vine por unos documentos, pero conseguí algo más interesante —dijo levantando un sobre. Mi sangre se congeló al reconocerlo: eran los resultados de ADN.
—Te puedes ir, Gastón. Ahora.
—Dudaste de la paternidad de la pequeña —sus ojos brillaron con malicia mientras