CAPÍTULO 34.
La noche en la reserva de Blackwood estaba cargada de tensión. El viento helado arrastraba el olor de la tierra húmeda y de algo más oscuro: sangre. Entre los árboles, las sombras se movían con una paciencia depredadora.
Un grupo de hombres del pueblo avanzaba con linternas y rifles en mano. El líder, un tipo corpulento llamado Harris, escupía al suelo de vez en cuando, con la mándibula apretada por la rabia. Estaban hartos del miedo, hartos de las historias de bestias que por años acechaban de