Mundo ficciónIniciar sesión
La cúpula de la iglesia era tan alta que daba vértigo, y la Marcha Nupcial que sonaba en el órgano le pareció a Cristina más bien un toque de difuntos.
Se encontraba al final del pasillo. El ramo de rosas blancas, símbolo de felicidad, le pesaba muchísimo en las manos, pues los pétalos aún estaban cubiertos por una fina capa de polvo blanco grisáceo. Eran las cenizas de su padre.
Horas antes, en medio del caos de la discusión, Laura había derramado la caja donde reposaban las cenizas de su padre. Cristina hizo todo lo posible, pero solo pudo recoger un pequeño manojo, y lo que cayó en el ramo se convirtió en el único vínculo entre ella y todas las personas que amaba que ya no estaban junto a ella.
A través del velo de encaje, su visión estaba borrosa. Sentía innumerables miradas clavadas en ella, como agujas que le pinchaban la piel. Los susurros se fundieron en una corriente subterránea perversa.
—¿Es la nieta de Salvador?
—Dios mío, mira su figura… ¿Cómo pudo el señor García haber aceptado?
De repente, los murmullos se intensificaron y por la tela del velo una figura se alzaba en el altar. Cristina no podía ver con claridad, pero cuando respiró hondo y alzó la vista. Su mirada atravesó la multitud, fijándose en el hombre junto al altar.
Y mientras esa figura cada vez rompía la distancia, la sentencia ya era clara.
Ese hombre no es nada más ni nada menos que René García; el auténtico infierno hecho persona.
Incluso desde la distancia, Cristina se sentía intimidada por su aura distante e inaccesible. Era como un iceberg, un iceberg a punto de estrellarse contra su barco destrozado.
—No te quedes ahí parada, avanza, —la voz de Laura le taladró los oídos como una serpiente venenosa. —Recuerda tu lugar, no intentes nada raro, a menos que quieras que tus cenizas también se esparzan aquí.
Cristina se estremeció, pero no se dio la vuelta. Dio un paso. Cristina se mantuvo callada, con un nudo en la garganta. Apenas subió al altar, fue notable la soledad. Se tambaleó tan sólo un poco.
Al llegar al altar, René se giró. Era alto, su sombra envolvía por completo a Cristina. Su rostro estaba inexpresivo.
No hubo palabras.
No hubo respiraciones.
Antes de pensar en otra palabra, su velo ya se alzaba.
Aguantó la respiración cuando sus ojos, por primera vez, se encontraron con el señor Rene García; cuyo atractivo la dejó sin aliento.
No pensó que las imágenes o los rumores de que era guapo y galante no le hicieran tanto juego en persona. Era tan atractivo que intimidaba, y la deslumbró durante algunos segundos, dejándola sin habla. Demasiado alto como para alcanzarlo. Cuando su rostro quedó expuesto no sólo para él, también para la multitud, los murmullos estallaron junto a risas. Lo único que la gente podía pensar era “¿Cómo René García, el atractivo multimillonario deseado por modelos y actrices preciosas se casará con una mujer gorda?
Pero la dureza de los ojos del señor García al fijarse en ella, y bajarla por todo su cuerpo, le enviaron escalofríos.
Cuando sus miradas chocaron, los ojos fríos del señor René García hablaron por sí solos, y tensó la mandíbula. Pero sorpresivamente, no dijo nada. Se dio media vuelta y encaró al sacerdote.
—Empiece —y la voz de éste hombre asesinó a Cristina: grave, rasposa y sin contemplaciones.
El sacerdote empezó la ceremonia.
Cristina ni siquiera supo cómo responder a eso. No había palabras para describir esto, y menos cuando el señor García tomó el bolígrafo, se inclinó y firmó el papel como una abofeteada al rostro de Cristina, quien se quedó inmóvil, horrorizada. Tenía, tenía la pequeña esperanza de que él dejara el lugar reclamándole a Salvador lo que hizo. Pero no…
Acababa de firmar el acta de matrimonio.
Y dándole una última mirada a Cristina, el señor René se acercó hacia su oído.
—Firme.
No hubo besos, no hubo nada que mostrara que esta unión es verdadera. Pero Cristina, con miedo, hizo exactamente lo que pidió.
La unión era un hecho.
René ni siquiera la miró antes de darse la vuelta y marcharse a grandes zancadas, con su traje negro, una silueta resuelta y distante.
Los murmullos incrementaron cada vez más, todas las miradas en su cuerpo, en su rostro, completamente una decepción a lo que creía que sería Cristal. Las lágrimas se agolparon en sus ojos, apretando más el ramo de flores.
Eso era lo más parecido a una transición bancaria, donde ella fue simplemente la moneda de cambio sin sentimientos.
Cristina, como una marioneta, fue conducida por el conductor por una puerta lateral. Mientras el coche negro se alejaba de la iglesia, no pudo evitar mirar hacia atrás.
A través de la ventanilla, vio a Salvador alzando su copa triunfalmente, con Laura acurrucada a su lado: la mujer que una vez fue su madrastra, ahora su abuela, con una fría sonrisa de vencedora en el rostro.
Las ruedas giraron, dejando atrás la hipócrita iglesia. Cristina bajó la cabeza, mirando la capa de cenizas en su ramo, con lágrimas que corrían silenciosamente por su rostro.







