Mundo ficciónIniciar sesión—Ah —pronunció Río con satisfacción—. Creí que habías desaparecido de la cena como siempre. Mis condolencias a mi “cuñada.” Sé que hace hora atrás estaba esa modelo por aquí.
Cristina carraspeó—: Muchas gracias por su compañía, señor Río. ¿Lo acompaño a la sala?
René se acercó otro paso más hacia su espalda. Cristina calló de golpe.
—No hace falta, “cuñada” —Río dijo con calma. Miró a René—. Estoy seguro que a mi hermano no le molestará acompañarme. Tenemos que hablar de algo, ¿no es así, René?
Cristina no esperó a que el señor García respondiera. Lo que acabó de decir la sacó completamente de éste mundo. Bajo su voz grave que se había dirigido como su “esposa” la sacó fuera de base. René no se movió un solo centímetro de su cuerpo y Río aceptó la respuesta.
—Buenas noches, señora “García” —expresó Río, y su claro énfasis le dejó un sonrojo a Cristina solo por la vergüenza. Río se inclinó y desapareció.
Pero René tampoco se movió de su espalda. El calor que la azotó tras ella fue demasiado. Pero momentos después, Cristina observó por el hombro cuando René no dijo una palabra más y se alejó.
Sólo así Cristina respiró.
¿Qué acababa de pasar?
***
Al día siguiente, cuando volvía del control de su embarazo, Cristina se sentó con los papeles en las manos, pensando en la muerte de sus padres. El sonido de la televisión llamó su atención, así que rápidamente se limpió las lágrimas por ese recuerdo. Una noticia rompió con la tranquilidad que vivía Cristina acerca del matrimonio.
«¿El matrimonio GARCÍA ES VERDADERO O UN ESCÁNDALO? Las primeras sospechas de que sólo es un tapadero para el guapo René García»
Esto no era posible. Cuestionaban la veracidad del matrimonio.
—El señor García me hace pedir que le llegue una invitación —Bartolomé dejó saber—. Se llevará a cabo una cena en dos semanas aquí en la mansión —y era una manera de René de decirle “empieza a actuar como mi esposa.”
Al día siguiente, René García lo tenía todo planeado. Su propia secretaria, Pilar, la acompañó a la clínica donde tendría que someterse al procedimiento. Y gracias a los privilegios de René, se saltaron todas las colas, el registro y los exámenes. Cristina era como un engranaje en un instrumento de precisión, siendo empujada a través del proceso. Extracción de óvulos, cultivo, transferencia… todo fue tan rápido que la mareó. Las técnicas de los médicos, de altísima calidad, hicieron que ni siquiera sintiera dolor.
—Señorita, todo está listo —el doctor avisó. Entregó un papel con una sonrisa—. Felicidades.
Cristina sólo respiró hondo con los papeles en las manos. Dentro de la habitación, Pilar le estiró un sobre que llamó su atención.
—Esto es parte del acuerdo del señor García; una tarjeta con dinero ilimitado.
La sensación de escozor inundó su pecho. Era increíble. Un pago como transacción a la que acaba de hacer. Cristina abrió el sobre y en ese papel se encontraba la firma del señor García.
“Pago de sus servicios.”
—¿Señora? —Pilar preguntó.
—Dile al señor García que si tanto le gusta regalar tarjetas que vaya y cree un banco y la reparta entonces. Una sola tampoco es suficiente —respondió Cristina y apretó la manta entre sus dedos. Acarició su vientre con suavidad. Esto era un recordatorio de que su “bebé” ahora serviría como muestra del fruto del amor entre René y ella para los medios. Era brutalmente importante asistir a esa reunión.
Y tenía que actuar.
Se encontraba en su alcoba privada mirándose al espejo la tarde exactamente dos semanas después. Bartolomé tocó la puerta. Una vez adentro dejó el vestido en su cama sin decir algo más. Cristina se acercó. Un hermoso vestido de lentejuelas que hacía juego con su cabello castaño.
—¿Es para mí? —se preguntó a sí misma con algo de emoción. Sin embargo, no había tarjeta de origen. Un vestido de terciopelo verde oscuro con un pronunciado escote en V, tan caro que la incomodaba. Su intención era pasar desapercibida, pero aun así sería el centro de atención si llevaba esto.
Pronto, la mansión se llenó de la élite en la que se desenvolvía René García. Cristina bajó en tacones bajos por prevención de la ultima vez. Llevaba una tocado en su oreja y su maquillaje era completamente natural. Al no conocer a nadie, prefirió quedarse en el rincón bebiendo su champagne.
Debía sonreír, demostrar que era una esposa y futura madre feliz. Cristina lo intentó, saludando a quien se atreva a saludarla por obligación. La confirmación de que ya se encontraba embarazada se esparció por todo el lugar. Apretaba los labios y apretaba la copa de champagne. Al verse al espejo del salón, no evitó sentirse decepcionada o incómoda. Su contextura si llamaba la atención. Era completamente normal la duda de que un hombre como René, alto, atlético y atractivo, estuviese con ella por amor.
—¡Oh! ¿Cuántos meses ya tiene, señora Cristina? —preguntó una mujer refinada que se acercó con una mirada de burla.
—Mi esposo y yo tenemos ya casi cuatro semanas de embarazo —contestaba Cristina con una falsa sonrisa. La mujer abrió los ojos. ¡Era una completa realidad que esperaba al hijo de René García!
Los pasteles tenían un sabor delicioso cuando probó una sola cucharada. Allí, escuchó el flash de una cámara. Una periodista sonrió justo cuando acababa de dejar el pastel en la mesa.
Cristina dio una sonrisa fingida antes de dar otro bocado.
—Me parece que esto le puede servir —la misma periodista le entregó una manta.
—Muchas gracias —Cristina dijo—. Pero ya tenía una.
—No se preocupe. ¿Podría tomarle una foto?
—C-claro —Cristina asintió. No podía creerlo. Alguien se había acercado.
La misma periodista se alejó, y en la distancia, mientras tomaba la foto, la expresión de la mujer, inesperadamente, cambió a los segundos.
—¿¡Qué es eso?! —señaló la mujer.
Cristina se dio cuenta muy tarde. Todas las miradas en ella, señalándola. Oh, no. No, no, no. Cristina bajó los ojos, y el grito que lanzó fue ensordecedor.
¡Descubrió que el dobladillo de su falda estaba en llamas!
Saltó, intentó moverse para apagar el fuego en la parte de sus rodillas. ¡Se quemaría viva!
Todo el lugar quedó en silencio. Todos esperaban ver cómo esa "novia gorda" se humillaría delante de todo s, como un pato escaldado.
Cristina gritó y golpeó las llamas, pero cuanto más golpeaba, más crecían. En medio del caos, un balde de agua helada cayó del cielo, extinguiendo las llamas y empapándole el pelo y la ropa.
Salma, la periodista, le acababa de tirar una cubeta completa de hielo, arruinando su maquillaje peinado y vestido por completo.
—Listo —Salma fingió preocupación. En el fondo, se disculpaba con hipocresía y con la mirada llena de malicia—. ¿Está bien, señora?
Pero Cristina estaba paralizada. Parte de su vestido ya era un desastre. Y la vergüenza escaló cuando notó que su ropa interior estuvo expuesta a los ojos de los invitados. Esto era una completa burla.
Cristina agachó la mirada. Fue un completo error bajar a ésta reunión. Nadie, absolutamente nadie se le acercaba.
La sala era un completo silencio.
Cristina se tragó el sollozo y empezó a caminar para huir de éste lugar.
Antes de darse cuenta, justo cuando pensaba que iba a ser humillada hasta la muerte, un abrigo con un ligero aroma a perfume apareció sobre sus hombros.
Subió la mirada, consternada.
René García la lleva a abrazada fuera de éste lugar, afuera de las cámaras, a su lado. Pero su mirada era tan fría como el hielo. El imponente CEO de la prestigiosa compañía más exitosa de la ciudad acurrucándola ante la mirada de todos. Luego miró fijamente a la culpable y ordenó fríamente al mayordomo que estaba detrás de él:
—Notifica al departamento de finanzas que congele todas las cuentas a nombre de la familia de Salma. El proyecto cooperativo debe ser cancelado de inmediato —sus palabras salieron con dureza.
—Sí, señor —respondió Bartolomé.
Los periodistas quedaron perplejos, sacando fotos a los segundos. Los invitados impresionados por la actuación de la pareja. Y Salma, la periodista que acababa de tirarle el agua a Cristina con un rostro de pocos amigos, abrió los ojos cuando los guardias de seguridad se acercaron a sacarla a la fuerza.
—¡Pero! ¡¿qué están haciendo?! —exclamaba Salma. Nadie le dijo razones. Y tampoco entendía lo que ocurría porque era la amiga más íntima de Inés Villa, y René García sólo amaba a Inés. ¿Cómo era eso posible?
En el otro extremo del salón, alejados de todas las miradas, Cristina se alejó un metro de distancia de René, todavía arropada al enorme saco que llevaba en los hombros, murmurando:
—Muchas gracias, pero…debería volver.
—Toma asiento.
—¿Eh? —Cristina parpadeó confundida. ¿Escuchó mal?
—Toma asiento —repitió René, señalando uno de los taburetes de su oficina. Cristina apretó el abrigo con fuerza y se acercó al mueble—. Colócate al abrigo si te sientes incomoda.
Mariposas golpearon el estómago de Cristina con estas palabras, y aumentaron cuando René se inclinó en una sola rodilla frente a ella.
—¿Señor García? —rápidamente murmuró—. ¿Qué está haciendo?
—Déjame ver su piel —sus ojos grises se encontraron con el de Cristina casi con dureza.
—P-pues —Cristina balbuceó. Pero las acciones de René no hacían sino sorprenderlas.
—¿Puedo? —se refería a quitar un poco de la tela dañada de su pierna. Cristina entreabrió los labios, sonrojada, y apenas movió la cabeza. Así que un sí para él. Sus enormes manos tocaron sus rodillas, examinando con atención su piel enrojecida—. Esto pudo haber escalado hacia toda su piel. Tiene su piel roja.
—Estoy bien, fue mi culpa por estar distraída —aunque René sabía que no había sido su culpa, no la objetó.
Cristina cerró las piernas. René estaba muy cerca de ella, tanto, que su aliento la mareaba, porque la sentía en sus piernas, y la obligaba a desviar la mirada. Pero René no vaciló más y acarició con suavidad el enrojecimiento que estaba más arriba de su rodilla. Cristina aguantó la respiración ante su toque.
René sacó de su bolsillo una pañoleta blanca. A su lado, se encontraba un jarrón que humedeció con cuidado antes de colocarlo justo en la piel de Cristina. Para ese momento, el cuerpo de ella temblaba bajo éste acto íntimo en el que René priorizaba su pequeña ampolla enrojecida. No dolía tanto, solo ardía. Pero lo que ardía eran esos dedos suaves rozando casi por completo su piel.
—Tómala —René la incitó a colocar su mano también allí. Cristina lo agarró, y en el segundo, su mano también rozó la de René. Intentó no subir la mirada, porque de hacerlo, los ojos grises del señor García la volverían trizas.
Pero sabía que él la observaba con intensidad.
—G-gracias —Cristina confesó en voz baja.
René se la quedó observando unos segundos. Se colocó de pie.
—No hace falta que regreses —mandó a que una sirvienta entrara—. Que la señora sea llevada a su alcoba y que un doctor venga a examinarla.
La sirvienta asintió. René y Cristina se observaron una última vez, como si él chequeare que todo estuviese bien antes de dejarla. Dio un vistazo a su vestido, y sus piernas, y apretó la mandíbula. Sólo así se marchó de la oficina sin llevarse el abrigo, que todavía cubría por completo el cuerpo de Cristina entre su perfume y una calidez que la sonrojó.
Cristina apenas y si podía entender lo que ocurrió y lo qué había pasado.
Observó el camino que había dejado su “esposo” frío y distante...hace tan sólo segundos comportándose cálido y cercano.
Y en su propia habitación, Cristina se removía de un lado a otro. El doctor se había ido también, al igual que la sirvienta. Todavía sentía el perfume de René en su cuerpo. Su mano en su pierna, en su piel. Podía sentir el calor que emanaba su cercanía una vez se acercó. Saltó de la cama al tocarse el vientre, y mientras todavía pensaba en el señor René García, en esas extrañas mariposas en el cuerpo que surgía inesperadamente, se acercó al baño y cayó de rodillas. Justo allí, vomitó.
Esa misma noche, en otra parte de la mansión, algo removía el pecho de René cuando permanecía en su estudio vacío y lúgubre y terminándose su botella de whiskey. No se trataba de los ojos curiosos, tampoco del fuego que llamó la atención; se trataba de aquellos hermosos ojos verdes que lo miraron tras el salón vulnerable y con pena, se trataba de ese olor a perfumes que le molestaba porque lo distraía, se trataba de…Cristina Rico y su presencia cada vez más difícil de ignorar.







