Mundo ficciónIniciar sesiónEl aire en el estudio era gélido.
René García estaba detrás de un espejo unidireccional, con un vaso de whisky sin hielo en la mano.
Desconocía que la familia Rico, además de Cristal, tenía otra hija. Una hija gorda, bajita y poco atractiva.
La mujer llamada Cristina, estaba sentada ansiosamente a la enorme mesa del comedor, acariciando repetidamente el encaje de su vestido de novia.
—Mi asistente ya entregó los documentos —dijo el abogado, de pie detrás de él—. En casa de la familia Rico, Salvador ya está presionando para que se realice el primer pago. En cuanto pongas la huella dactilar en el contrato, los fondos se depositarán en su cuenta de inmediato —Aureliano permaneció sentado en su escritorio y preguntó— ¿Pero sabías que ella es la hermana gemela de Cristal?
René no se giró, sino que asintió levemente. Su mirada, a través del monitor, se posó en los hombros temblorosos de la mujer. Era demasiado gorda; El vestido de novia se le pegaba al cuerpo, dándole un aspecto algo cómico, un marcado contraste con las delgadas y huesudas damas de la alta sociedad con las que solía encontrarse y estaba acostumbrado.
—Nadie se vende voluntariamente —había dicho Aureliano antes de irse, ajustándose las gafas con un sutil sarcasmo—, pero para saldar las deudas y evitar que ese abuelo loco la acose, no tiene otra opción. Al fin y al cabo, su hermana gemela se escapó con mucha facilidad.
René bebió un sorbo de whisky, observando a Aureliano hablar con ella y escuchando las respuestas de la señorita Rico.
René ya había previsto algunas objeciones y resoluciones por su parte. Pero la señorita Rico se limitó a mirar en silencio el voluminoso contrato que él le había enviado a través del abogado, sin decir palabra. Solo mostró una expresión de desesperación, como un gato indefenso; después de que el abogado le explicara los motivos, no dijo ni una palabra.
Cristina abrió el grueso contrato. La densa lista de cláusulas la mareó, pero la más crucial, resaltada en negrita, decía: Duración del contrato: 9 meses. Indemnización: Pago de todas las deudas de la familia Rico.
Por ese tiempo, ella será suya como la moneda de cambio que Salvador entregó. Y ni eso la hizo rechistar o decir que no. René la miró fijamente tras la cámara de vigilancia. Llamarla “esposa” es algo de lo que tendrá que acostumbrarse ante los medios. Pero la señorita Rico, por más que sea el rostro de Cristal Rico, algo poseía que no se asemeja a su hermana. René no le apartó los ojos de encima cuando finalmente se inclina hacia los papeles.
Firmó su nombre y dejó su huella una tras otra, en cada papel. Su esposa de 273 días tenía el deseo de terminar con esto rápido porque no puede tener otra respuesta a su diligente movimiento. René dejó de beber el whiskey cuando ella llegó al último papel que contenía una “cláusula” especial.
La señorita Rico se manchó los pulgares con mayor intensidad y sin más preámbulos firmó ese “papel” sin mirarlo.
—Listo —escuchó su delicada voz tras las grabaciones. En su rostro yacía una determinación herida que no movió nada dentro de él.
A René le desconcertaba lo bien que habían salido las cosas y amplió la imagen del video de vigilancia, enfocándose en el rostro de Cristina, resaltando sus ojos verdes esmeralda y sus largas pestañas rizadas que enmarcaban su mirada única y cautivadora.
Esa lágrima apagó por completo el buen humor de René.
Mientras tanto, Aureliano sacó otro documento de su maletín al día siguiente en su oficina.
—Hay algo más —dijo, entregándole a René un sobre sellado—. Se trata de la revisión del testamento. Tu abuelo me consultó sobre la modificación de las cláusulas pertinentes, pero aún no hay nada definitivo. Debes planificar con anticipación.
René tomó el sobre y sacó el documento. Decía claramente: Si un heredero directo de la familia García se casa y tiene un hijo en el plazo de un año, recibirá el 51% del control absoluto del grupo y el derecho a heredar los bienes principales.
Aureliano suspiró a su lado. —Puede que el viejo señor García no se conforme con concertarte un matrimonio. Quiere un nieto. ¿Tú… tú quieres que esa mujer llamada Cristina tenga a tu hijo?
—¿Estás bromeando? —Negó con la cabeza, sonriendo sarcásticamente—. Todavía no está todo finalizado, es solo un borrador. ¿Se supone que debo tener un hijo para él? —Entonces, los delgados dedos de René rozaron ligeramente la última página del contrato de Cristina, una de cuyas cláusulas ella no se dignó en leer.
—Cuando tengas información concreta, habla con ella sobre este acuerdo —recordó a la mujer que se secaba las lágrimas en la pantalla del monitor y cerró los ojos brevemente. Para él, esto era solo un negocio. Dado que su abuelo estaba tan ansioso por verlo casado para estabilizar el precio de las acciones, le daría una buena actuación.
—Cuando Jaime decida cambiar el testamento —René arrojó la cláusula oculta al cajón y lo cerró con llave—, ella tendrá que hacer su trabajo. ¿Y los sentimientos? Esas cosas baratas no tienen cavidad en mi casa.
—No subestimes a tu hermano. Si esto es cierto, dejará embarazadas a todas las mujeres que conozca y te quedarás sin hogar —advirtió Aureliano.
La idea de que Río lo mirara fijamente, tratándolo como a un tonto, hizo que René apretara los puños. Ya estaba bastante molesto; Río codiciaba todas sus propiedades, herencia y empresas.
—Vamos, la reunión de Jaime comenzará en unos minutos.
Se dio la vuelta y desapareció entre las sombras. Cristina no sabía que lo que acababa de firmar no era solo un contrato de servidumbre, sino un contrato sobre la vida misma. Si no era capaz de cumplirlo, lo que le esperaría sería un infierno.







