4. TE VEO EN 9 MESES

Nueve meses parecieron una tortura larga e interminable.

Cristina no se inmutó antes el hombre que conoció el mismo día que se casó y que se marchó sin dejar rastros.

Durante ese tiempo, Cristina vio a René García solo un puñado de veces. Era como un fantasma, aparecía ocasionalmente en los titulares de los periódicos o en algún rincón de la finca, pero nunca cenaba con ella, nunca entraba en su habitación.

En realidad, esto es algo bueno para Cristina. Rezaba todos los días para que llegara pronto el día 273.

Hoy era el cumpleaños de su abuelo Salvador.

Laura había organizado un gran banquete familiar, invitando a la mitad de las celebridades de la ciudad. Al igual que los otros hijos y nietos de Salvador.  Tuvo que asistir sola, como un adorno olvidado en un rincón.

El salón de banquetes era opulento. Cristina, con un vestido que le quedaba mal, se acurrucó en silencio junto a la mesa de postres, intentando pasar desapercibida. Aun así, seguía siendo el centro de atención.

—¡Ay, Dios mío! ¿No es esta la esposa de nuestro magnate? — dijo Laura, acercándose con una copa de vino en la mano y una voz tan aguda que todos la oyeron. —Han pasado nueve meses y sigue tan... ¿enorme? Parece que la inversión del señor García no ha sido muy rentable.

Un coro de risitas burlonas estalló a su alrededor.

Cristina apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas. Levantó la vista y miró fijamente a Laura.

—Al menos, he cambiado estos nueve meses por paz en tu familia. A diferencia de algunos, que se apresuran a vender a su hijastra al diablo.

Cristina tomó el primer bocado con fuerza y Laura abrió los ojos. No sólo ella, sino Salvador, unas mesas más adelantes. Una regla que debía acatar de cualquier forma era no comer cuando hay reuniones. Vuelve a dar otro bocado, y sus mejillas aumentaban más y más del rojo de su color.

—¿Qué haces, gorda infame?

—Comer. Estoy hambrienta —dice Cristina.

—No sé si eso sea lo mejor que puedas hacer ahora. Un cuerpo grasiento, una cara que nadie soporta…Ah, qué asco —Laura murmuró.

Cristina sólo así la miró con aspereza.

—Si alguien me amará en verdad el físico no importa…

—Oh, tonta. ¿Quién te decía esto? Apenas y si un hombre se te acerca para pedirte la hora. Salvador te salvó la vida para que no caigamos en el desprestigio por la zorra que tienes por hermana.

—No quiero escucharte más, Laura —Cristina le hizo saber con una impotencia herida—. Déjame en paz.

—Para avivarte un poco y que dejes de llorar puedes ir a la esquina y comer allí. Cada una de tus fotos en la prensa es comiendo, así que puede actualizar esa foto. ¿Qué te parece?

—No eres más que una aprovechada —Cristina no volvió a aguantarse más.

El rostro de Laura cambió, y estaba a punto de estallar cuando Cristina se levantó la falda y se dio la vuelta para marcharse.

Acostumbrada a no llevar tacones tan altos y en su estado de nerviosismo, perdió el equilibrio y chocó con un camarero que se acercaba.

«¡Splash!» La bandeja entera de vino tinto se derramó, empapándola. La mancha roja intensa estalló en su vestido claro, como una horrible flor de sangre. El ambiente quedó en silencio al instante, seguido de risas aún más desenfrenadas.

—¡Perdóneme, perdóneme! —exclamó el sirviente.

Cristina se quedó paralizada, con el vestido empapado pegado al cuerpo, luciendo completamente desaliñada.

En ese preciso instante, las puertas del salón de banquetes se abrieron de golpe.

Entró René García. Siempre es así; dondequiera que aparecía, emanaba un aura poderosa y asfixiante.

Y no venía solo.

Era acompañado nada más que…

Cristina no podía creerlo.

¿¡Su amante?!

Inés Villa estaba en esta reunión. ¿Y cómo pudo entrar a este lugar de repente?

Oh, no puede ser. Cristina empezó a temblar. Era la completa burla ahora mismo y…y…ahora no tiene salvación. La mirada de René García era de dureza, pero…desde la distancia, era muy distinta a las demás. Como si fuese de…¿pena también? Cristina probablemente ya se había vuelto loca. Un hombre como él jamás sentiría pena por alguien como ella. Inés se llevó la mano a la boca, aguantando las risas. Pero René no se inmutó para nada, con la copa de vino en su mano. Los ojos de Cristina se llenaron de lágrimas e intentó bajarse el vestido, ocultarse, para salir corriendo de aquí justo en el momento en el que René dio un paso para intentar ir hacia ella.

Cristina se alejó lo suficiente exprimiendo el vino del vestido. No podía creer esto.

—Ahí estás, señor García. Es un placer verlo. No creí que asistiera a la reunión. Pobre Cristina, de seguro está cambiándose. Estos accidentes pasan, ¿no? —es la voz del Laura que venía de una sala.

Cristina tomó un fuerte suspiro. No tenía idea que el señor García asistiría a este lugar. Y eso significaba…

Con algo de coraje, tragando saliva y tratando de reponerse, Cristina empezó a caminar al sentido contrario. Con su vestido todavía manchando, era una de sus menores preocupaciones. El salón la recibió de vuelta, pero ya sin lágrimas o miedo. Su expresión era serena, aunque por dentro se estaba muriendo de la vergüenza y su único deseo era simplemente huir.

Y Justo ahí, René García apareció endemoniadamente atractivo. Su presencia intimidaba tan solo con mirarlo, y Cristina lo observó de la misma manera que él l cuando la consigió tras el salón. Laura sonrió, y solo así Cristina supo que todo fue obra suya.

—Traeré más vino —Laura guiñó un ojo y arrastró su lujoso vestido lejos de la sala.

Cristina tomó un gran suspiro antes de verlo. Estuvo a punto de hablar pero el señor García en un abrir de ojos estaba a metros de ella. Bajó la mirada hacia sus manos: le entregaba una tarjeta negra. Una tarjeta que sólo pertenecía a la gente más rica de éste planeta.

—No me avergüence andando con ese atuendo; tenga el dinero. Y comprese los atuendos necesarios-

—Ya han pasado 9 meses.

Cristina ignoró por completo lo que dijo. La respuesta salió de su corazón contundente y llena de brío exclamó:

—Quiero el divorcio, señor García.

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