7. NOTICIA INESPERADA

Cristina no volvió a ver al señor García desde la noche anterior. Lo que había hecho la tenía desconcertada desde entonces. La molestia si había disminuido, pero aquella ansiedad no hacía sino aumentar.

En el desayuno, Cristina permanecía sola. Ya muy común para ese entonces. Sin embargo, una presencia se alzó entre el silencio y la soledad: era René.

Cristina dejó el tenedor en la mesa mientras lo miraba acercándose con los ojos abiertos. Su imponente figura la desconcertó, y más aquí. René permaneció en silencio, acomodándose como si nada en el asiento. Cristina supo que era momento de irse. Arregló los cubiertos y platos, y se colocó de pie.

—¿A dónde vas?

Cristina volvió a él. Era René quien había hablado.

—Terminaré mi desayuno en otro lugar-

—¿Por qué? —René preguntó.

—Pues…—Cristina se tomó de las manos—. Sé que sólo aquí desayuna usted solo.

René lanzó una mirada dura hacia Bartolomé y a las sirvientas alrededor. Señaló el asiento.

—Puedes acompañarme —dijo con voz suave. No era tan dura como imaginó. Cristina al sorprenderse, tragó saliva y volvió a tomar asiento—. Éste es tu lugar de desayuno. La señora desayuna, almuerza y cena en éste lugar junto a mí —al decirlo un coro de asentimiento llenó la sala. Cristina seguía tomándose de las manos por debajo—. Puedes continuar.

Cristina tomó el tenedor. Ya no la asesinaban las mariposas en su vientre, sino su respiración. Tenerlo tan cerca ya resultaba…sofocante y a la vez, extraño. Cristina no comió. Comer delante de él…viéndose “así” resultaba incómodo.

René notó que no probaba ningún bocado.

—¿Te sientes mal? —preguntó.

—No, sólo —Cristina carraspeó—. No tengo mucha hambre.

La capacidad que tenía René de intimidar sólo con la mirada era enorme. Cristina ni siquiera lo veía.

—Has de recordar que no sólo se trata ahora sólo de ti…—dijo. No sonaba a un regaño. Más bien, a una suave reprendimiento—. Nuestro hijo crece dentro de ti. Debes alimentarte correctamente.

Cristina lo observó. Se acarició el vientre. La palabra “nuestro” reafirmó un cosquilleo en su pecho que la desconcentró. René señaló el plato. Cristina ocultó una pequeña sonrisa antes de probarlo.

—¿Qué dijo el doctor? —René preguntó refiriéndose a lo de anoche.

—Ah, no pasó a mayores. Fue un simple roce. De no haber actuado tan rápido la ropa me hubiese dejado heridas. ¡Pero estoy bien! —Cristina contestó con calma. En el fondo, continuaba nerviosa. Por Dios. ¿Qué le ocurría?—. N-no pasó a mayores.

—El niño estuvo en peligro —René enfatizó—. Eso no volverá a ocurrir —la miró con fijeza al decirlo—. Cuando termines, te acompañaré al chequeo médico del bebé.

Cristina se quedó inmóvil. René continuaba formal y recto.

—¿Cómo sabías que hoy yo asistiría al chequeo…?

René se colocó de pie. Se acercó a ella sólo para verificar que el enrojecimiento de su pierna se había descolorado—. ¿Te sienes lo suficientemente bien para salir el día de hoy? El doctor puede venir-

—¡No! ¡No hace falta! En realidad, me siento muy bien —Cristina también se puso de pie. Se alejó considerablemente de René, quién se alzaba con sus dos metros de alto para enfermarla de timidez. Trató de sonreír con calma—. Estoy bien. “Estamos” bien —se tocó el vientre.

—Eso lo sabremos cuando el doctor así lo avise. Tienes una estricta tarea de cuidar tu salud adentro y fuera de ésta casa. Tienes la total libertad de mandar en éste lugar esté o yo no esté. Y si hay algo que necesitas o necesita el bebé puedes utilizar las tarjetas a mi nombre, Pilar se encargará de todos los gastos. Lo que ocurrió ayer no puede volver a ocurrir. Poner tu vida y la vida de mi hijo no está en juego.

Cristina tuvo que sostenerse de la silla para no trastabillar. ¡Se sonrojó como nunca! También apretó más su vientre y dejó que René se acercara un poco más. 

—¿He sido claro?

—Me aseguraré de que mi hijo también crezca con bienestar —Cristina suspiró, recomponiéndose. Algo le decía que no debía mirarlo, de lo contrario, no sabría cómo arreglar esos pensamientos confusos acerca de estos actos por parte de René—. Muchas gracias…

René la miró con intensidad. Ese olor a rosas ya se apoderaba de él, embrujándolo, y cuando estuvo a punto de hablarle, estirando la mano para quitarle el mechón castaño de su frente, Pilar interrumpió:

—Señor, lo lamento tanto. Acaban de informarme acerca de la reunión a las 10:00. No puede faltar —lo dijo con retraimiento.

René la miró con frialdad por la interrupción. Y Cristina controló su temblor y su respiración con la cercanía.

La mirada de René cayó en Cristina durante unos segundos, y ella por poco lo asemejaba a una mirada de…preocupación. Pero fue mu rápido como para definirlo en su totalidad ya que en segundos René volvía a tener la misma expresión de siempre. ¿Realmente estaba dispuesto a ir con ella al hospital? El solo pensamiento le arrojó un sonrojo completo a Cristina.

No pasó tanto tiempo para cuando René volvió a hablar.

—Te acompañaré hacia la limusina —René tomó el abrigo de Cristina que se lo estiró Bartolomé.

Cristina sacudió la cabeza. Mientras caminaban hacia la salida, junto a Bartolomé y Pilar, Cristina sintió unas enormes ganas de vomitar. Probablemente los cólicos de su embarazo.

¿O se trataba de la cercanía de René detrás de ella, tan cerca, que si ella gustaba podía sentir su fuerte pecho en su espalda?

Cristina se detuvo. René abrió la puerta de la limusina y le entregó las cosas al chófer que se apresuró a guardarlas dentro de la camioneta. Lo único que le entregó a su esposa fue su bolsa de mano. Los ojos verdes de Cristina, que brillaban, observaron a René en silencio.

René también la miró. Ésta vez…muy suavemente.

—Me desocuparé para ir a buscarte.

Su corazón martilló con fuerza. ¿De qué se trataba esto? Cristina no tuvo respuestas, y sólo trató de asentir porque las palabras ya no resultaban en su boca. Se acercó al carro y entró con suavidad.

René cerró la puerta y sólo así el carro se movió. Un guardia de seguridad se acercó a cuando lo mandó a llamar.

—¿Sí, señor?

—Manda a un hombre a escoltar a mi esposa —ordenó.

***

Cristina creía que se estaba volviendo loca. Su ansiedad no dejaba de aumentar.

El coche que la llevaba a la clínica se detuvo en la espera de un semáforo rojo. Se mantenía quieta, todavía pensando en lo que René le había propuesto, en cómo había actuado. Acarició su vientre con suavidad. Jamás, nunca en la vida, había tenido ni siquiera la oportunidad de cruzar miradas con un hombre tan…poderoso como René. Un escalofrío la recorrió por completo y se hundió en el asiento. Se miró al espejo. Todavía seguía sonrojada.

Cuando miró por la ventana un Bentley conocido se aparcaba justo en el carril siguiente. Y simplemente abrió los ojos al reconocer de quién se trataba.

Ivone García: la madre de René.

Una vez su coche aparcó en el hospital, Cristina bajó rápidamente para tratar de evadirla.

—Niña —aquella voz detuvo a Cristina. Al mirarla con mayor claridad, la señora mayor estaba acompañada de dos asistentes. Y su belleza todavía se conservaba en su rostro longevo. Pero su mirada…su fría mirada era la misma que la de sus hijos, mirando como quien examina simple mercancías—. Necesitamos hablar.

Cristina se aferró con nerviosismo al dobladillo de su vestido.

La presencia de esta señora era un puñal, que la llevó a avergonzarse. El matrimonio era una completa farsa, pero no evitaba aquel sentimiento de cobardía ante ésta intimidante señora.

Antes de abrir la boca, la madre de René le estiró un sobre en silencio. Con duda, Cristina terminó tomándolo entre sus manos, y mientras leía, la señora Ivone con mirada altiva la observaba con la misma seriedad.

—5 millones.

Cristina se estremeció al oírla.

—5 millones para que te des a luz a mi nieto y te desaparezcas. René se caso contigo nada más que por las circunstancias. ¿Por qué se casaría con una falsa novia? —Ivone recorrió su cuerpo regordete con la mirada—. Renuncia a los derechos como madre y entrégame al niño. Supongo que René ya te ha dejado en claro que tu apellido es lo que importa. No hubiese sido igual de ser completamente lo contrario.

Cristina apretó el sobre, y con una calma contenida observó a su “suegra”

—Si se atreve a hacer eso, el nieto mayor de la familia García se convertirá en uno de una familia monoparental. ¿Acaso eso no sería perjudicial también para su familia?

Ivone no le quedó de otra que sorprenderse por la actitud. Consideraba a Cristina ingenua, quien debido a su sobrepeso aceptaría sin rechista. Esta vez la miró con más escrúpulos.

—Sabremos cómo lidiar con eso, no tienes nada de qué preocuparte. Me encargaré de encontrar una madre más “respetable” para mi nieto.

Las palabras fueron como un balde de agua fría para una Cristina que jamás imaginó esta atrocidad. La había agarrado desprevenida y le quitó el habla.

—Éste mi hijo.

—Y es mi nieto; yo decido que será lo mejor para él.

Cristina dijo otra vez, ya las lágrimas en sus ojos:

—No me quitará el derecho. Yo soy su madre-

Su “suegra” le lanzó el periódico a su pecho.

Una vez Cristina lo agarró, una noticia contrajo su horror con fuerza.

El rumor de que Inés Villa había quedado embarazada también fue la gota que derramó el vaso para Cristina.

—O es tú reputación, o pongo a ese niño en la calle. Claramente ningún hijo ilegítimo entrará a ésta casa. Tu tarea es dar luz a mi nieto y marcharte. Además, tu reputación tampoco no es favorable ni para mi hijo, ni para mi familia, quien tendrá otra esposa que criará a mi nieto —dijo Ivone..

—¿René…la mandó a hacer esto? —la voz de Cristina se quebró.

—Por supuesto que fue él —la señora Ivone respondió—. ¿En qué momento tú y tu familia creyó que alguien como tú y con ese pasado tan repugnante podría convertirse en la señora García? —lanzó con frialdad—. Deja de soñar.

La realidad la golpeó. Una verdad dolía: siempre fue la sustituta, el recipiente perfecto para engendrar un hijo que no verá crecer, que le arrebatarán para siempre.  Las palabras frías de Ivone seguían clavadas en su corazón, pero lo fue más la frialdad con la que René actuó. Desde el principio este fue su plan. Todo había sido mentiras. Aquella «recompensa» esa «protección» fue un río de engaños.

René García sacó sus verdaderas garras como el monstruo que siempre fue.

Los labios de Cristina temblaron, pero se dio la vuelta sin decir nada más hacia la clínica.

Ivone se quedó allí, con la frialdad devorándola. Miraba a Cristina como la mascota usada por los Rico que jamás podría escapar.

Cristina se sentó en el banco del pasillo de la clínica. Estuvo a punto de romper el cheque. Pero apenas tenía las fuerzas. La ira incrementó más y más, y apretando los puños cuando sus lágrimas caían, Cristina lo había decidido.

Esperará el momento perfecto para huir.

Cristina se abrazaba su vientre. El hospital era el único lugar donde podía sentirse cómoda, porque era el único lugar que le daba alguna noticia de su bebé.

La enfermera salió del consultorio invitándole a proceder. Cristina tomó una fuerte bocanada de aire y preguntó:

—¿Se puede…dar a la luz en cualquier lugar, señorita?

—¿Cómo dice? —preguntó de vuelta la enfermera mientras caminaban.

—Sólo curiosidad…

—Bueno, un parto no es cualquier cosa. Tiene que tener las atenciones médicas inmediatas, y hay que tener muy en claro de que no sea un embarazo de alto riesgo.

Cristina dejó caer los hombros, decepcionada. Aquello era una pesadilla.

—¿Por qué? ¿Tiene un lugar específico para dar a luz? ¿o su esposo?

Cristina miró a la enfermera con horror. Negó rápidamente.

—Sólo quiero que mi bebé nazca bien —Cristina dijo con suavidad.

—Claro que así será —la enfermera apretó su mano. Se detuvo en la puerta con una sonrisa—. El doctor espera por usted.

Cristina se limpió disimuladamente las lágrimas secas y entró al consultorio.

—Siempre es un placer verla, señora García —el doctor se quitó la mascarilla—. No esperemos más. Su transferencia de embriones fue exitosa. Veamos cómo están los “bebés” —continuó el doctor.

Cristina se quedó callada de golpe.

—“¿Bebés?” —Cristina repitió confundida—. Se equivocó, doctor —Cristina con nerviosismo—. Es “bebé.”

—Oh —el doctor arrugó el ceño, leyendo otra vez el papel con los lentes, como si algo se le hubiese pasado por alto. Pero negó con la cabeza y continúo señalando dos pequeños puntos en la pantalla—. me parece que me adelanté, señora García. Pero felicidades: usted y el señor René están esperando gemelos.

Había creído tener una carta que jugar, algo que negociar, algo que intercambiar por su libertad. Pero se dio cuenta de que esos dos niños eran la moneda de cambio más valiosa de su vida, y una atadura de la que jamás podrá escapar.

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