Mundo ficciónIniciar sesiónLogan. Nashville, Tennessee.
—Open up next to you and my secrets become your truth... —La voz de la chica tras el cristal de la cabina interpreta cada nota con una maestría que me eriza la piel.
En la sala de control, el tiempo parece detenerse. Todos estamos embobados, atrapados en esa frecuencia que solo el talento real logra emitir. Podría apostar mi estudio entero a que cada uno de nosotros está haciendo un viaje involuntario al pasado; la letra habla de dolor, de secretos y de una esperanza que suena a despedida. Son sentimientos que conozco de primera mano, esos que solo me permito liberar cuando compongo. Por esa conexión visceral, sé que hemos encontrado a nuestra próxima estrella.
—La tenemos —anuncio con una sonrisa, rompiendo el hechizo. Le hago señas a mi asistente para que prepare la logística; quiero ese contrato sobre mi escritorio antes de que termine el día.
—¿Estás seguro? —La pregunta de Grace me resulta casi ofensiva. Mi hermana no es experta en música, pero no hace falta un máster para reconocer un diamante cuando lo tienes delante.
—¿Por qué rayos no lo estarías tú?
—Bueno, la chica canta, no hay duda —dice ella, cruzándose de brazos—. ¿Pero has visto su aspecto? Tiene más pinta de bibliotecaria que de estrella de pop.
Podría molestarme su superficialidad, pero ese es su trabajo en la empresa: la imagen. Sin embargo, al observar a la chica a través del cristal, veo más que su ropa. Veo potencial.
—Y es por eso, hermana querida, que recibes un cheque mensual. Haz que esa chica se convierta en una estrella sin que pierda su esencia.
Le entrego los papeles a mi asistente y le hago una señal a la cantante de que las pruebas han terminado. Grace se levanta, furiosa por no haberme ganado la discusión, pero sé que es pura fachada. Adora los desafíos, y esa chica es uno, casi tanto como lo fui yo en el pasado.
De no ser por Grace, yo seguiría siendo aquel chico inseguro, traumado e incapaz de formular una frase coherente. Ella no se dio por vencida. Me sacó de la cama día tras día, me arrastró a terapias, me obligó a terminar la universidad y pulió mi imagen hasta que dejé de parecer una víctima. Se negó a que abandonara la música. Juntos, convertimos mis composiciones en un capital que me permitió fundar mi propio sello independiente. Hemos crecido buscando "diamantes en bruto", personas con talento a las que el mundo les dio la espalda.
Para cuando llego a mi oficina, el ambiente ha cambiado drásticamente. Mi hermana está blanca como el papel, gritándole a mi secretaria por "haberla dejado entrar". El pánico de Grace es una señal de alarma que conozco bien. Me apresuro a intervenir antes de que Sara, mi secretaria, rompa a llorar.
—¿Se puede saber por qué estás a punto de dejarme sin personal? —pregunto con autoridad.
—Señor Christian, lo siento, yo no sabía... —balbucea Sara.
—¿No sabías? ¡Pues si no sabías, la respuesta era NO! —brama Grace, fuera de sí.
—¡Basta, Grace! —la corto—. Explícame qué pasa. Todo tiene solución.
—No entres ahí, Logan... —Grace me toma del brazo, su voz ahora es un ruego—. Déjame encargarme de esto.
—Termina de hablar. ¿Quién demonios está en mi ofi...?
No termino la frase. La puerta de mi despacho se abre y el mundo se detiene. Frente a mí está la persona a la que me he aferrado en mis sueños y a la que, simultáneamente, había dado por muerta en mi realidad.
—Señor Christian...
Su voz. Tan dulce y perfecta como la recordaba, pero ahora cargada de una madurez que me clava dagas en el pecho. No sé qué hacer. Una parte de mí quiere echarla a gritos para proteger lo que me queda de cordura; la otra quiere rodearla con mis brazos y no soltarla nunca. Solo puedo mirarla, atrapado en el ámbar de sus ojos.
—¿Podemos hablar? —pregunta ella, con una nota de fragilidad—. Si no quieres, lo entenderé y me marcharé.
—¡Pues lárgate! —gruñe Grace—. ¡SEGURIDAD!
—NO.
Mi propia voz suena extraña, profunda, inquebrantable. Aunque esto termine en una terapia de por vida, necesito esta conversación. Necesito oírla. Tomo a mi hermana por el brazo y la obligo a mirarme.
—Basta. Gracias por preocuparte, Gracie, pero no soy un niño. Déjennos solos. Por favor.
—Pero, Logan...
—Sin peros. Encárgate de la chica nueva. Necesito esto.
Cuando la gente desaparece y la puerta se cierra, el silencio en el despacho es ensordecedor. La cobardía que me dominaba hace diez años está enterrada, pero la ansiedad sigue ahí, latente. Seco mis manos disimuladamente en mis pantalones y señalo el sofá.
—Pasa, por favor. ¿Quieres tomar algo?
Me permito observarla. Su cuerpo ha cambiado, las curvas de mujer han sustituido la fragilidad adolescente, y su rostro ha perdido la redondez aniñada, aunque su mirada sigue siendo un libro abierto. Está aterrada; lo noto porque el borde de su pupila tiene ese tinte violeta que solo aparece cuando sus nervios están a punto de estallar.
—Sólo agua —dice, sentándose frente al ventanal que domina la ciudad.
Voy al pequeño refrigerador. Le doy una botella de agua y yo abro una cerveza; presiento que la voy a necesitar.
—Quiero saber... ¿qué pasó? —suelta ella sin preámbulos.
La pregunta me golpea como un mazo. Me quedo helado. Hay un maldito papel firmado que me obliga al silencio. Su padre ha muerto, lo sé, ¿pero acaso eso invalida el contrato que firmé hace años? ¿Acaso el peso de la verdad no destruiría lo poco que le queda de familia?
—Eso ya lo sabes, Blake. ¿Tu familia no te dio su versión en su momento? —pregunto, dándole la espalda para ocultar mi rictus de dolor.
—Ya escuché la versión de todos, excepto la tuya. ¿Cómo pudiste hacerme eso, Logan?
—Era solo un chico con problemas, Blake. No espero que lo entiendas.
—¡No te creo! —grita ella. Escucho el repique de sus tacones sobre la madera hasta que siento su presencia justo detrás de mí—. ¿Por qué no me miras? Estás mintiendo, igual que mentiste aquella noche. ¿Qué es lo que todos esconden?
Me muero por confesarle todo. Por tirar las cartas sobre la mesa y dejar que ella decida nuestro destino esta vez. Pero no puedo ser egoísta; no soy el único que saldría herido. Necesito encontrar una forma de darle respuestas sin demoler los cimientos de su mundo.
—Necesito tiempo —digo, manteniendo la voz firme a duras penas—. Dame un par de semanas y te prometo que te buscaré para responder a cada una de tus preguntas.
—No tengo tiempo, Logan —su voz se quiebra—. Voy a casarme. Pero no puedo hacerlo mientras siga mirando atrás preguntándome qué demonios sucedió esa última noche.







