Mundo ficciónIniciar sesiónBlake. Presente.
Despierto de golpe, empujando las sábanas como si intentara escapar de unas manos invisibles. Estoy sudada, temblando y con el corazón martilleando contra mis costillas. Mi cerebro ha decidido proyectar una imagen tan perturbadora que la frontera entre el sueño y la realidad se siente peligrosamente delgada. Es una pesadilla por lo mucho que duele, pero también es una advertencia: el final alternativo de mi historia me está pisando los talones. Puedo fingir demencia frente a los demás, pero aquí, en la soledad de mi departamento, la tortura es un invitado que no necesita permiso para entrar.
Me arrastro hasta el baño. Me despojo del pijama y me meto bajo el chorro de agua fría, esperando que el impacto borre las imágenes. Pero el agua no limpia los recuerdos.
En mi mente, es el gran día. La iglesia está a reventar; el aroma de los lirios es tan denso que marea. Mi vestido es una obra de arte y, aunque la vanidad nunca ha sido mi fuerte, reconozco que me veo increíble. Mis damas, mis amigas de toda la vida, son ráfagas de color a mi alrededor. Emily aparece, radiante en su vestido de madrina, y me abraza con esa mezcla de cuidado y urgencia.
—Es hora, B —me susurra.
Todo transcurre según el ensayo, con una precisión quirúrgica. Pero cuando la orquesta comienza a tocar, el aire se congela. No es la marcha nupcial. Las notas de Gravity de Sara Bareilles empiezan a llenar las naves de la iglesia y siento que el oxígeno desaparece. Un vacío inmenso, tan gélido y letal como un iceberg, me desgarra el pecho. Aun así, obligo a mis pies a avanzar. Sonrío a Chase, que me espera al final del pasillo con ese brillo de adoración que dice que soy su universo entero.
Doy un paso más. Solo uno. Y entonces, sus ojos color cielo se oscurecen, tornándose de un ámbar cálido, líquido. Su sonrisa seductora se transforma en aquella expresión dulce e inocente que fue mi hogar hace diez años. En un pestañeo, quien me espera en el altar es Él. Busco ayuda a mi alrededor, pero mis invitados ya no sostienen libros de oraciones, sino cuchillos ensangrentados que apuntan directamente a mi espalda.
Cierro la llave de la ducha de golpe, jadeando.
—¡Ya basta! —le grito a las paredes de azulejo.
Debo dejarlo atrás. Tal como él hizo conmigo. Maldigo internamente a Rose y su empeño en jugar a los detectives; si no deja de remover mis cimientos, terminaré perdiendo la cabeza. Con esa nueva regla de supervivencia, me obligo a moverme. Tengo una oficina que dirigir y un mundo de ficción que editar para no tener que enfrentar la mía propia.
Como editora creativa de una editorial emergente, mi día suele ser un refugio. Me pierdo entre manuscritos de autores noveles, "diamantes en bruto" que rescatamos de la web. Amo mi trabajo porque me consume; me exige tanta atención que no queda espacio para fantasmas.
Sin embargo, el hechizo se rompe cuando mi teléfono vibra. Es un mensaje de Chase.
—Hey, bombón. ¿Cenamos?
Me sorprendo al notar que ya ha pasado mi hora de salida. Antes de que pueda responder, Chase aparece en el umbral de mi oficina. Su entusiasmo es contagioso; se acerca y me besa con esa energía que, en días normales, me hace sentir la mujer más afortunada del mundo.
—¿A dónde vas a llevarme? —pregunto, cerrando mi laptop para ocultar mi cansancio.
—Es una sorpresa. ¿Aceptas la invitación? —pone esa cara de cachorrito a la que es imposible decir que no.
—Si me niego, ¿qué harás?
—Procederé a secuestrarte —bromea, rodeando mi cintura.
—Mi oficina tiene comunicación directa con seguridad y ellos con la policía, ¿lo sabes? —finjo indignación antes de soltar una risotada y darle un golpe suave en el brazo—. Vamos, no quiero demandar a mi prometido un mes antes de la boda.
Salimos de la mano, y decido dejar mi coche en el estacionamiento para ir en el suyo. Durante el trayecto, nos perdemos en planes logísticos: el menú, los ajustes de la lista de invitados, los centros de mesa. Estoy tan distraída intentando ser la "novia perfecta" que no me doy cuenta de hacia dónde nos dirigimos, hasta que el motor se detiene.
Frente a nosotros se alza una construcción que conozco mejor que mi propia piel.
Está diferente. Ya no es la casa en ruinas rodeada de maleza donde solíamos escondernos. Ha sido restaurada con una exquisitez que duele; parece un castillo en miniatura, imponente y cálido a la vez. Es la casa con la que fantaseé durante años, el lugar donde juré que formaría una familia... antes de que todos mis sueños se incineraran.
Miro a Chase, confundida. Él sonríe con un nerviosismo tierno y saca un manojo de llaves de la guantera.
—Bienvenida a tu casa, Blake. Es mi regalo de bodas. Quiero que la amuebles a tu antojo, que sea exactamente como siempre soñaste. Jagger me contó que amabas este lugar, y quiero que sepas que estoy dispuesto a hacer realidad cada uno de tus deseos.
Su voz empieza a sonar lejana, como si hablara desde el fondo de un pozo. La casa, el regalo, el amor de Chase... todo empieza a desdibujarse mientras la inconsciencia reclama su espacio.
En ese último instante de lucidez, comprendo dos verdades devastadoras: no puedo vivir en esas paredes porque cada ladrillo exhala el recuerdo de Logan, y no puedo dar un paso más hacia el altar sin un "porqué". Maldita seas, Rosie, tenías razón. No puedo casarme sobre un campo de minas. Tengo que navegar en aguas profundas y reabrir heridas que no estoy segura de sobrevivir esta vez. Pero antes de poder decir nada, el mundo se vuelve negro.







