El ático de Emily Rollings, situado en una de las torres más exclusivas de la Gold Coast de Chicago, era un santuario a la opulencia artificial. Todo allí era blanco, plateado y estéril, como si su dueña temiera que un poco de color pudiera revelar las manchas de su pasado. El aire estaba saturado con una fragancia de orquídeas blancas que, en lugar de refrescar, se sentía pesada y claustrofóbica. Emily caminaba de un lado a otro sobre la alfombra de seda, sus tacones de aguja marcando un ritmo frenético y errático. Sostenía una copa de Chardonnay con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos. Su fachada de heredera perfecta, esa que había cultivado con la precisión de un cirujano durante una década, se estaba desmoronando por segundos. —¡Es una locura, Rose! ¡Una absoluta demencia! —exclamó Emily, girándose bruscamente hacia su invitada. Su voz, siempre modulada para sonar elegante, ahora rayaba en el pánico—. ¿Para qué remover una herida que ya cicatrizó? Blake estaba a un mes de
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