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CAPITULO VI - El santuario de los proscritos

Logan. Diez años atrás...

El plan era tan arriesgado como emocionante. Para cualquier otro adolescente de Northside, una cita consistía en ir al cine local o pasear por el centro comercial, pero para nosotros, eso era territorio prohibido. Yo no quería que nadie interrumpiera el milagro de tener a Blake cerca, y ella... ella estaba dispuesta a cruzar fronteras con tal de estar conmigo.

Había pasado dos horas lavando el viejo Jeep de mi madre hasta que la pintura azul brilló bajo el sol. Me puse mi mejor camisa, aunque terminé cubriéndola con la sudadera negra de siempre por puro instinto de protección. Cuando llegué a la esquina de su calle —el punto de encuentro pactado para evitar el radar de sus hermanos—, la vi.

Blake llevaba un vestido veraniego que ondeaba con la brisa y una sonrisa que me hizo olvidar cómo se usaban los pedales del auto. Detuve el Jeep y, antes de que ella pudiera siquiera tocar la manija de la puerta, bajé de un salto. Me rodeó una sensación de urgencia por ser el hombre que ella merecía.

—Permítame, señorita Stewart —dije, tratando de que mi voz no temblara mientras abría la puerta del copiloto con una inclinación exagerada.

Blake soltó una risita que sonó a campanillas y sus mejillas se tiñeron de un rosa delicioso.

—Vaya, Logan Christian... ¿De dónde ha salido tanta caballerosidad? —Me miró de arriba abajo mientras subía al asiento, dejando un rastro de perfume a vainilla que inundó mis sentidos.

—Mi hermana dice que soy un caso perdido, pero por ti... creo que puedo esforzarme —respondí, cerrando la puerta con cuidado antes de rodear el auto y subir al puesto del conductor.

Mientras salíamos de los límites de la ciudad hacia el condado vecino, el ambiente en el Jeep era eléctrico, pero extrañamente cómodo. Blake encendió la radio y empezó a tararear una canción de The Fray, moviendo sus pies al ritmo de la música.

—¿Crees que Jagger ya notó que su coche no está en la entrada? —preguntó ella con una chispa de travesura en los ojos.

—Si ese gorila tiene medio cerebro, estará demasiado ocupado quejándose de la mancha de grasa que le dejé en su preciada camioneta la semana pasada —bromeé, y sentí un alivio inmenso al verla reír—. En serio, Blake, tu hermano me da miedo. Siento que en cualquier momento me va a usar como saco de boxeo.

—Oh, Jagger es todo fachada —le restó importancia ella, agitando la mano—. Es un bruto, sí, y probablemente intentaría colgarte de un gancho si supiera que estamos aquí, pero en el fondo es un blando. Lo que pasa es que se toma muy en serio su papel de "protector de la realeza".

—¿Y Emily? —pregunté, curioso—. Ella es... intensa.

—Emily es un torbellino —Blake suspiró, recostando la cabeza en el respaldo—. Está convencida de que somos las dueñas del instituto. A veces me agota su energía, pero es leal. Aunque, si supiera que mi "adicción al té helado" tiene nombre y apellido, probablemente organizaría un interrogatorio digno del FBI para analizar tus ancestros.

Reímos juntos, y por un momento, me sentí como un chico normal. Sin ansiedad, sin sombras, simplemente un chico con la chica más increíble del mundo en un Jeep que olía a verano.

Llegamos a una colina apartada, un lugar que había descubierto años atrás cuando necesitaba escapar del mundo. Era un mar de césped verde bajo un roble centenario que parecía custodiar el horizonte. Extendí la manta con cuidado y saqué la cesta con los sándwiches y los tés helados con menta que yo mismo había preparado.

—Es perfecto, Logan —susurró ella, sentándose y abrazando sus rodillas mientras observaba el atardecer que empezaba a pintar el cielo de colores fuego y violeta.

Comimos entre bromas y anécdotas ligeras, pero a medida que el sol descendía, el silencio se volvió más denso, más íntimo. Me quedé observando mis manos, que jugueteaban con una brizna de hierba. La culpa de no ser honesto con ella empezó a pesarme más que el secreto mismo.

—Blake... —mi voz salió más grave de lo esperado—. Mi hermana te contó que vine a este colegio porque tuve problemas en el anterior. Pero nunca te dije qué pasó realmente.

Ella dejó su vaso de té y se giró hacia mí, con una expresión de ternura infinita. Su mano buscó la mía y entrelazó sus dedos con los míos.

—No tienes que decírmelo si duele, Logan.

—Necesito que lo sepas. Porque no quiero que pienses que soy especial... soy alguien roto, Blake.

Tomé aire, sintiendo el frío del recuerdo instalándose en mi pecho.

—Había una chica en mi antigua escuela. Se llamaba Sarah. Yo era... bueno, era el mismo bicho raro que soy ahora, pero con menos defensas. Ella me hizo creer que le gustaba. Me enviaba notas, me sonreía en los pasillos. Un viernes, me citó en el depósito abandonado detrás de los campos de atletismo. Dijo que quería estar a solas conmigo.

Blake apretó mi mano, incitándome a seguir.

—Fui allí con el corazón en la garganta. Llevaba una pequeña pulsera que había comprado con mis ahorros para regalársela. Pero cuando llegué, ella no estaba sola. Estaba con los tipos del equipo de lucha. Se rieron de mí mientras me quitaban la pulsera y la tiraban al lodo. Me dijeron que alguien como yo no era digno de tocar a una chica como ella.

Me detuve, sintiendo que el aire empezaba a faltarme, pero la mirada de Blake me mantuvo anclado a la realidad.

—Me empujaron dentro de uno de esos baños químicos portátiles que estaban allí para una obra. Lo cerraron por fuera con una cadena y lo empujaron dentro del depósito, cerrando también la puerta metálica del edificio. Pasé cuarenta y ocho horas ahí dentro, Blake. En la oscuridad total, rodeado de la suciedad y el olor nauseabundo, escuchando cómo las ratas corrían por el metal. Gritaba hasta que mi garganta sangraba, pero nadie me oía. Mi familia pensó que me había escapado o que me habían secuestrado... y yo estaba a solo unos metros de donde todos caminaban. Cuando me encontraron, ya no era el mismo. Por eso no soporto los espacios cerrados, por eso el ruido me aturde... por eso me cuesta tanto confiar.

Sentí una lágrima traicionera resbalar por mi mejilla. Me sentía patético contándolo, pero entonces sentí el calor de Blake. Se lanzó a mis brazos, rodeando mi cuello con una fuerza que me dejó sin aliento. Estaba llorando conmigo.

—Escúchame bien, Logan Christian —dijo, separándose solo lo suficiente para que nuestras frentes se tocaran—. Esos imbéciles no te rompieron, solo te hicieron más valioso porque sobreviviste. Te juro, aquí y ahora, que jamás volverás a pasar por algo así. Yo voy a ser tu voz cuando la tuya falle. Voy a ser tu refugio. Si alguien intenta acercarse a ti con malas intenciones, tendrá que enfrentarse a una Stewart, y te aseguro que no querrán eso.

Me quedé mudo. Nadie, fuera de mi familia, me había defendido nunca con tanta ferocidad.

—He estado un poco... bueno, muy obsesionada contigo desde la primera vez que te vi en la cafetería —confesó ella, con una sonrisa triste entre las lágrimas—. Te miraba y pensaba que tenías el alma más pura de este pueblo. Y ahora lo confirmo. Te voy a proteger, Logan. Lo prometo.

—Y yo a ti, Blake —susurré, sintiendo una oleada de valor que nunca había experimentado—. Prometo que seré el hombre que te haga sentir orgullosa de haber elegido al chico raro de la cafetería.

No hubo necesidad de más palabras. El espacio entre nosotros desapareció de forma natural, como si el universo entero estuviera empujándonos a ese encuentro.

Blake POV...

Logan acunó mi rostro con sus manos, tratándome como si fuera la porcelana más fina del mundo. Su toque era una caricia llena de reverencia.

Nuestro primer beso no fue como en las películas; fue mejor. Fue un choque de alivio, de sinceridad y de una pasión que llevaba meses cocinándose a fuego lento entre pedidos de té helado y miradas furtivas. Sabía a menta, a libertad y a un futuro que, por primera vez, no me daba miedo imaginar. En ese contacto, nuestras cicatrices parecieron encajar perfectamente, sellando un pacto que iba más allá de un simple noviazgo de instituto.

Nos separamos apenas unos milímetros, con las respiraciones mezcladas.

—¿Entonces... somos novios? —preguntó él, con esa timidez adorable que me volvía loca.

—Somos mucho más que eso, Logan —respondí, volviendo a buscar sus labios—. Somos nosotros contra el resto del mundo.

Aquella tarde, mientras regresábamos a casa bajo el manto de las estrellas, ambos sabíamos que algo había cambiado para siempre. No éramos solo dos adolescentes en una cita secreta; éramos dos náufragos que finalmente habían encontrado tierra firme en el corazón del otro. Y aunque el destino nos tuviera preparadas pruebas que ni siquiera podíamos imaginar, ese momento en la colina se quedaría grabado en nuestras almas como el día en que el amor nos enseñó a respirar de nuevo

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