Camila
La oficina del concejal Ocariz en el Ayuntamiento quedaba en el tercer piso. Cuando entré su secretaria, muy amable, me hizo esperar unos minutos en la salita afuera. Mis ojos recorrieron los cuadros en las paredes: uno pertenecía al presidente del país y otro más pequeño, a la alcaldesa.
Luego de una taza de café por parte de la secretaria, la puerta de la oficina del concejal se abrió y un hombre con un traje elegante y caro se despidió de él en el umbral, estrechando su mano. Cuando