El elevador se abrió y ante mí estaba el vestíbulo con suelos de mármol de Libertaria. Margaret, la recepcionista, levantó los ojos enmarcados por sus lentes de pasta y me sonrió como saludo. Agarré con más fuerza mi maletín y me encaminé a mi oficina.
Nada más cruzar el umbral, un nudo se me hizo en el estómago cuando la nueva asistente me miró con una sonrisa interrogativa.
No era Camila y esa tampoco era ya mi oficina. Ahora le pertenecía a Octavio, el nuevo editor en jefe de Libertaria.