La lluvia había empezado a golpear las ventanas a eso de las tres de la mañana. Jack, que llevaba horas en vela, estaba en la cocina preparando café. No porque lo necesitara, sino porque era su excusa favorita para pensar.
En su libreta había dibujado de memoria el patrón que vio en el cuello de Lucía. Era como una red de raíces finas, ramificándose. La tinta negra no le hacía justicia a lo que recordaba: había algo vivo en esa forma.
—¿Qué demonios eres…? —murmuró, mirando el dibujo.
Detrás de