La mañana llegó demasiado pronto para Lucía.
Abrió un ojo y lo primero que vio fue la silueta de Jack en la cocina, preparando café como si fuera una operación quirúrgica.
—¿Qué hora es? —preguntó desde el sofá, todavía envuelta en la manta.
—Hora de que te levantes —respondió él sin mirarla, vertiendo el líquido con una precisión que haría llorar a cualquier barista—. Y de que desayunes algo que no sea azúcar pura.
—Qué romántico eres —murmuró, arrastrándose hasta la mesa.
No había terminado