Dylan compuso el gesto, fingió normalidad y volvió a casa como si nada hubiera pasado junto al río.
Apenas cruzó la puerta, Mía se le colgó del cuello, eufórica. Dylan se puso rígido. En la sala estaban también sus padres, Manuel y Clara.
—¡Dylan, tengo una noticia buenísima! —Mía lo abrazó, los ojos brillándole—. Fue un error de diagnóstico. ¡No me voy a morir!
Él le acarició el cabello con los dedos largos; en la mirada se le ensombreció algo que nadie supo leer.
—¿De veras fue un error?
—¡Más