Cayó la tarde y se encendieron las primeras luces de la ciudad. Dylan estaba de pie junto al río; la luna le ponía una capa de escarcha en la cara.
Frente a él, un hombre atado de pies y manos se arrodillaba y no dejaba de golpear la frente contra el suelo.
—Señor López, se lo ruego… ¡por favor, suelte a mi hijo!
Uno de los asistentes empujaba una carriola; las ruedas quedaban a un paso del agua.
—Dime la verdad, y lo dejo ir.
Un brillo de pánico cruzó los ojos del hombre, Luis Navarro.
—No… no