Capítulo 10
Cayó la tarde y se encendieron las primeras luces de la ciudad. Dylan estaba de pie junto al río; la luna le ponía una capa de escarcha en la cara.

Frente a él, un hombre atado de pies y manos se arrodillaba y no dejaba de golpear la frente contra el suelo.

—Señor López, se lo ruego… ¡por favor, suelte a mi hijo!

Uno de los asistentes empujaba una carriola; las ruedas quedaban a un paso del agua.

—Dime la verdad, y lo dejo ir.

Un brillo de pánico cruzó los ojos del hombre, Luis Navarro.

—No… no
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