Seis meses después, Leonardo le organizó a Aitana una boda grande y luminosa.
La hacienda más elegante de la ciudad parecía cubierta de rosas blancas; la luz del día corría entre las torres de copas de champaña como si fuera agua.
Aitana se quedó frente al espejo de cuerpo entero del camerino. La mujer del vestido blanco le resultó, por un segundo, alguien muy lejana.
Medio año antes, al salir de sus estudios en el hospital, se había sentado una hora en el pasillo. Pensó en todo:
“La familia Cas