El tiempo pasó despacio bajo el afán de Dylan por agradarla.
Mandó traer objetos raros y caros: antigüedades de subastas, vestidos a la medida… un desfile que llegó en oleadas hasta Aitana.
Pero ya nada la conmovía.
Se quedaba sola en el jardín, la laptop sobre las piernas, y el tecleo breve marcando un pulso propio.
Al principio, Dylan creyó que era su manera de matar el tiempo. Hasta que, una tarde, el asistente le tendió una tablet.
—Señor López… mire esto.
En la pantalla, Aitana estaba seria