La sirena de la ambulancia se fue apagando en la distancia.
La lluvia le golpeaba la cara pálida a Aitana, mezclándose con las lágrimas. Estaba de pie en el cemento frente a la casa; en los dedos aún sentía la viscosidad de la sangre de Dylan.
Un par de faros cortó la cortina del agua. El Maybach negro frenó en seco. Leonardo bajó sin abrir el paraguas y la envolvió con su gabardina.
—Aitana —la apretó como si quisiera guardarla en el pecho—. No tengas miedo. Te llevo a casa.
Aitana hundió el ro