Después de que Daisy salvara la vida de don Erik, era natural que Fausto, como su hijo, fuera a expresar su agradecimiento:
—Señorita La Torre, le debo un favor inmenso por rescatar a mi padre. No sé cómo pagárselo —declaró Fausto.
Aun cuando rondaba los cincuenta, Fausto aparentaba poco más de treinta.
Vestía un traje negro de excelente confección, impecablemente planchado, y llevaba el cabello perfectamente peinado. Unos lentes con montura dorada le daban un sutil aire intelectual.
—No se preo