Javier esbozó una sonrisa relajada.
—Cuando tú hagas lo mismo, hablamos.
Daisy puso cara de pocos amigos, dio media vuelta y se fue.
Javier la contempló mientras se alejaba, y esa mirada tranquila que acostumbraba mostrar se tiñó de un matiz profundo e indescifrable.
Al día siguiente
Gracias a la gestión previa de Javier, Daisy tomó un montón de obsequios y partió rumbo a la residencia de la familia Ortega.
Habían pasado dos meses desde la última vez que trató a Erik Ortega, el padre de Fausto.