Si no hubiera sido por respeto a su maestro Aarón, Daisy lo habría eliminado desde hacía tiempo. La aguja, afilada como un dardo, estaba a punto de tocar la piel de Y cuando, de pronto, su muñeca fue sujetada con fuerza…
—¿Estás… bien? —farfulló Daisy, incrédula al ver que Y seguía en perfectas condiciones. Cero rastro de envenenamiento. Así que todo ese espectáculo de debilidad no había sido más que una farsa.
La comisura de los labios de Y se elevó con un aire de malicia.
—Pequeña, reconozco q