El almacén abandonado en el distrito portuario olía a salitre, moho y abandono. La luz de la luna se filtraba a través de las ventanas rotas, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire denso. Olivia, abrigada con una sencilla chaqueta oscura, sintió el frío húmedo calarle los huesos mientras esperaba, cada uno de sus sentidos alerta. El sonido de sus propios latidos le martillaba los oídos.
No había seguido el consejo del hombre. Dos de los guardaespaldas más discretos de Lion esperaban