La luz pálida del amanecer se filtraba a través de las gruesas cortinas de la suite de hotel, iluminando jirones de lujo desordenado. Ropa esparcida por el suelo, una botella de champán vacía sobre la mesita de centro, y el aire cargado con el dulce y rancio aroma del sexo y la decadencia.
Beatriz Hale se incorporó perezosamente entre las sábanas de satín, dejando al descubierto su torso desnudo. Su piel, pálida y suave, contrastaba con las arrugas que la almohada había marcado en su mejilla. S