El mundo se redujo a un túnel. El zumbido de las conversaciones, la música insípida, las sonrisas falsas: todo se desvaneció en un murmullo lejano. Lo único que existía era el peso del palo de golf en sus manos, áspero y sólido, y la fría certeza que latía en sus venas.
Aldous abrió la boca para pronunciar otra de sus mentiras edulcoradas, pero ya era demasiado tarde.
Olivia se movió con una velocidad felina. No corrió; avanzó con una determinación glacial que le heló la sangre incluso a Lion,