El Aegis cortó las aguas oscuras del Índico como un suspiro de escape. A bordo, el silencio era pesado, roto solo por el gemido del viento en las velas y el jadeo entrecortado de Gabriel, que yacía en una litera improvisada en la cabina. Olivia le había retirado el dardo tranquilizante y administrado un antídoto de amplio espectro, pero el cóctel químico había hecho estragos en su sistema.
Clara, sentada a su lado, sostenía su mano, sintiendo el pulso aún irregular bajo su piel. No hablaban. La