La noche en la Isla Sirena adquirió una cualidad de pesadilla viscosa. El zumbido del «Bajón del Miedo» había cesado, pero su eco permanecía en los cuerpos y mentes de los asistentes al simposio. Algunos gemían en sus habitaciones, otros vagaban desorientados por los jardines, y un puñado, los más resiliente o los menos afectados, exigían explicaciones y una salida inmediata.
Lysander Croft, maestro del control de daños, activó su maquinaria de relaciones públicas. Médicos de su nómina (otro ac