Los días que siguieron al encuentro en Oporto fueron de una quietud antinatural, como la calma tensa que precede a un huracán categoría 5. La Fundación Aurora operaba en un estado de alerta máxima sostenida, pero sin un objetivo claro contra el cual lanzarse. Lysander Croft y su nuevo «activo», Aris Thorne, habían desaparecido en la niebla de las corporaciones fantasma y las jurisdicciones opacas. Elena Vance, su espía voluntaria, también se había desvanecido, absorbida por la maquinaria de Pan