El silencio en la Sala de los Cimientos de Cristal era denso, pesado como la niebla que se aferraba a los jardines exteriores. Los titulares y fragmentos de código proyectados en la pared parpadeaban como acusaciones mudas.
—Alistair lo orquestó todo —concluyó Lion, su voz un rugido contenido—. Nos usó para derribar a su hermano y luego soltó a los sabuesos para que nos persiguieran a nosotros. Su «experimento» nunca terminó.
Monsignor Conti, pálido pero sereno, se acercó a la mesa donde yacía