El convoy de todoterrenos eléctricos, conducidos por el piloto automático de Samuel, emergió del desfiladero como una manada de animales heridos. El aire fresco de la montaña, libre del olor a ozono filtrado y tierra húmeda de Elysion-1, golpeó sus rostros como una bofetada de realidad. Clara abrió la ventanilla, inhalando profundamente. Olía a pino, a tierra húmeda, a libertad salvaje y aterrorizante.
Atrás, el valle de Elysion-1 era solo un resplandor anaranjado en el horizonte, una brasa inc