El Pabellón del Silencio era un pandemonio de luz estroboscópica roja y confusión. Los meditadores, arrancados de sus estados de coherencia cerebral forzada, se levantaban desorientados, tropezando unos con otros, sus auriculares colgando como cordones umbilicales cortados. Algunos lloraban, otros gritaban, la mayoría miraban alrededor con el vacío del shock. El apagón del sistema central había liberado una cacofonía reprimida de alarmas, voces de seguridad y el llanto de los despertados.
Lion,