La sala de los Cimientos de Cristal olía a cera de abejas nueva y a madera de roble pulida. La luz del atardecer londinense se colaba por los altos ventanales, iluminando el documento central que descansaba sobre la mesa de reuniones: el Manifiesto Aurora. No era un simple código ético. Era una constitución, un mapa genético para la nueva era de la Fundación. En él, cada principio extraído de la Cripta venía acompañado de su contexto histórico, sus aplicaciones terapéuticas validadas, y, de man