Las coordenadas llevaban a un lugar absurdamente público, casi un insulto a la solemnidad que esperaban: el Laberinto de Maize en Hampstead Heath, un atractivo turístico estacional hecho de altos setos de maíz, que en octubre estaba cerrado, sus pasillos muertos y las plantas secas crujiendo al viento. Era un lugar lúdico, infantil, desarmante.
—Es una broma. —Gruñó Gabriel, escudriñando el perímetro con binoculares de visión nocturna desde la furgoneta estacionada a doscientos metros. El aire