La vigilia de Lion en el bosque duró hasta que el amanecer tiñó de gris pálido las copas de los robles. No había dormido. Cada crujido del bosque, cada suspiro del viento, lo mantenía alerta, no por miedo a una amenaza externa, sino por la angustia de su propia estupidez. La puerta del Pabellón permanecía abierta, un rectángulo de oscuridad más profunda que parecía respirar. Olivia no salió.
Al clarear el día, Gabriel se materializó a su lado como un espectro, ofreciéndole un termo de café cali