La frustración tras la ceremonia de inauguración era de una calidad distinta. No era la impotencia bruta del Claroscuro, sino la irritación aguda de tener un dedo a punto de tocar algo que se retiraba en el último instante. Gabriel, en particular, hervía por dentro. La figura del muelle se había esfumado en la noche londinense, y la furgoneta había resultado ser robada y limpiada profesionalmente.
—No es un solo hombre—declaró en la reunión del día siguiente, su voz como hielo partido—. Es una