La derrota tenía un sabor metálico, como el aire después del pulso EMP. En el apartamento de Samuel y Gabriel, el silencio no era de descanso, sino de reconcentración total. Las pantallas, ahora restauradas, mostraban cascadas de código: logs del ataque, lecturas residuales de energía, cualquier fragmento de datos que el dispositivo del Cartógrafo no hubiera vaporizado.
—Fue premeditado, quirúrgico—murmuró Samuel, sus ojos escaneando líneas a una velocidad inhumana—. El pulso estaba calibrado