El verano llegó a Londres con una calidez inusual, bañando el esqueleto en ascenso de la Fundación Aurora en una luz dorada que parecía bendecir el esfuerzo humano. Los andamios ya no eran el armazón de una demolición, sino el andamiaje de un nacimiento. El sonido de los martillos y las sierras se había mezclado con un nuevo elemento: la música. Karla, fiel a su palabra, había comenzado las clases informales en el espacio comunitario, aún sin terminar pero lleno de vida. Las escalas titubeantes