La limusina se deslizaba por las calles de Londres, pero dentro, Camila Astor era un torbellino de furia contenida. El encuentro con Konsttantin Volkoff en la opulenta y sombría embajada había sido una prueba de fuego, y aunque había salido aparentemente ilesa, cada fibra de su cuerpo gritaba por la humillación y la presión.
Volkoff no había sido abiertamente hostil. Eso habría sido casi preferible. En cambio, había sido un ejercicio de dominación sutil, una demostración de que él sostenía todo