El jet privado aterrizó en el aeropuerto de Londres con la suavidad característica de la riqueza extrema. En su interior, Camila Lawrence ajustó el cuello de su abrigo de cachemira beige y contempló la pista mojada por la lluvia inglesa. No sonreía. Su regreso no era una celebración, sino la ejecución de un plan largamente acariciado.
Diez años. Diez largos años perfeccionando su arte en los conservatorios de Viena y Berlín, convirtiéndose en la violinista clásica más cotizada de su generación.