185. ESTAMOS MUY CONFUNDIDOS
Miguel mantuvo el silencio durante unos segundos, buscando las palabras adecuadas para no romperme, para entrar en mi caos sin avivar aún más el fuego que ya llevaba dentro. Pero cuando finalmente habló, lo hizo con una calma que no encajaba con mi desorden.
—Te entiendo, mi amiga, claro que te entiendo —volvió a abrazarme—. Pero respira y piensa todo con calma, sobre todo mirando a ese bombón que tienes de esposo.
—¡Migue…! —no pude dejar de reírme, percatándome de que había terminado de hablar con seriedad.
—¿Qué…? —hizo un gesto de inocencia—. ¿No me vas a negar que es un bombón? Míralo bien, ¡ay por Dios, Lili, si está para comérselo en el desayuno, almuerzo, cena y todas las meriendas! Y si no te basta, ¡puedes hacer aperitivos cortos!
No pude dejar de soltar una enorme carcajada, liberando el peso que tenía escondido en mi pecho. Adoraba a mi amigo, mejor dicho, a mi hermano. Porque en eso se había convertido en mi corazón y en el de mi familia. Miguel era fiel, hones