159. DE CAMINO AL SIMPOSIO
Fruncí el ceño. Me removí incómoda en el asiento y solté un suspiro que era más un intento de liberar la presión acumulada en mi pecho mirando mis manos, las mismas manos que habían sostenido un bisturí tantas veces, pero que ahora solo podían recordar la mancha de la sangre de anoche como esta.
—¿Cómo sabes eso? —protesté sintiéndome frustrada. ¿Por qué este hombre era así desde que lo conocí? Y lo peor no era eso… Sentía que él sabía más de lo que yo misma conocía de mí, y eso me ponía de l