La guerra aún no había terminado.
Pero Olivia había ganado la primera gran batalla.
Olivia observaba a Rey con una frialdad que ni ella misma reconocía. Estaba sentada frente a él, en una silla de metal en una habitación de los búnkeres de Nueve, iluminada solo por una luz tenue que caía sobre ellos. Rey, atado y con las piernas inmovilizadas por cuerdas, parecía tranquilo, casi demasiado tranquilo. No parecía preocupado por estar rodeado de hombres armados, ni por el hecho de que su vida pendía de un hilo.
Olivia no podía dejar de pensar en las palabras de Luna, las posibles consecuencias del veneno que Max que recibió. Sabía que el veneno había sido entregado al tío de Max, pero no tenía idea de cómo Rey había estado involucrado.
Se levantó lentamente, acercándose a Rey con una determinación gélida. Lo miró, apenas reconociendo al hombre que estaba frente a ella. El Rey que había hecho tanto daño, pero que, aparentemente, ni siquiera sabía el alcance de sus propias acciones.
—No te