Raiden sintió un estremecimiento recorrerle el cuerpo. No podía ser, era imposible tanta coincidencia.
—Cariño… —dijo despacio, intentando sonar tranquilo—, ¿cómo dijiste que se llama la señorita que te regaló esto?
—Se llama Ana, papá. Es una señorita muy bonita. Yo quiero regalarle algo también. ¿Podemos comprarle algo, papá?
Raiden no respondió enseguida. Se quedó mirándola en silencio, como si las palabras de su hija se hundieran lentamente en su mente. Ana… Ese no era su nombre, pero dar u