La voz de Leonhardt salía con violencia de su garganta, sacudiendo los muebles y reverberando en cada rincón de la casa. Por su parte, Annika seguía petrificada en el piso, respirando con dificultad. Sus ojos se negaban a mirar cualquier cosa que no fuera un punto en el suelo, pues su mente luchaba por asimilar la intensidad de la escena, atrapada entre el terror y la incredulidad.
Su cuerpo vibraba, no tanto por el dolor físico, sino por lo que acababa de pasar. Jamás, en todos los años que lle