Capítulo 45. Los límites del juego
Aunque eran altas horas de la madrugada, Mauricio seguía despierto por una razón de peso.
Catalina, aún con la respiración agitada, sonreía satisfecha, envuelta en sábanas que olían a perfume caro y a culpa.
—Valió la pena —susurró, acariciando su pecho con la voz entrecortada—. La infidelidad de Thomas valió la pena. Eres bueno Mauricio, muy bueno.
Mauricio se subió los pantalones sin mirarla. Buscaba la camisa entre el desorden del cuarto, pero su cabeza estaba lejos, en Verónica,