Capítulo 82. El sordo no entiende si no pone de su parte
Zuleima se interpuso entre ellos.
—Basta los dos. Verónica necesita paz, no más gritos ni reproches. Mauricio, sal un momento, por favor.
— ¿Ahora me vas a echar de mi propia casa? —replicó él, con la voz quebrada.
—No —dijo Zuleima con firmeza mirándolo a los ojos—. Te estoy pidiendo que te calmes. Que pienses. Que escuches.
Mauricio apretó los puños, pero no dijo más. Salió de la cocina, cruzó el pasillo como un toro herido y empujó la puerta del frente. El sol le dio de lleno