Capítulo 13. Los rencores que nos atan

Verónica llegó a su casa y tomó un vaso de agua. Abrió la puerta que comunicaba la pastelería desde dentro y encendió la luz.

Su pastelería era preciosa, no lujosa, pero cada pedacito estaba hecho con cariño, y se sentía. La gente asistía allí, y sin importar los problemas sonreían al comer el primer bocado.

Verónica estaba muy orgullosa de lo que había logrado, pero no podía ocultar el hueco que sentía en el corazón.

Un sollozo se escapó de su garganta, cargado de dolor y pena.

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