—¡Voy a llamar al médico!
Luis se levantó, pero Dulcinea lo sujetó con una fuerza inesperada en sus dedos delgados y frágiles… Sus pupilas se habían dilatado y su mirada se perdía en el vacío.
El cáncer de Dulcinea se había extendido a sus ojos; ya no podía ver.
Fue repentino.
Pero ella lo aceptó con calma.
Una lágrima cayó sobre la mano de Luis, fría como el hielo…
Ella le dedicó una sonrisa débil y con movimientos labiales, le dijo unas palabras:
—Luis, ya no te amo.
—Porque amarte ha sido dem